Desde que conocí a Mauricio, le comenté que pertenecía a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias, y nunca hubo un interés de su parte. Cuando unimos nuestras vidas, yo le recalque la importancia que tenia mi fé, aunque no asistiera a la Iglesia y fuera inactiva.
La religión fue un tema que no tuvo mucho impacto ni importancia hasta la hora en que Gaby llegó a nuestras vidas. La discordia de "bautizarla" o no, en la católica vino a hacer mucho ruido en nuestra relación e inclusive a afectarla de un modo muy brusco a mi parecer. Muchas personas me decían que por no ser fiel, no tuve un esposo "miembro de la iglesia", que no era "ex misionero" y que nunca podria tener paz hasta el momento en que uno cediera al otro.
Los problemas siempre estuvieron latentes por una u otra razón, yo me volvi a inactivar y no volvimos a abordar el tema. Yo sentia que mi fé era importante y muy valiosa como para dejarla ir, pero de igual manera no queria renunciar a mi pareja a quien amaba a pesar de todas las contrariedades. El lema principal "La iglesia esta para unir a las familias" fue muy util a la hora de estas dificultades. Muchas veces me sentí entre la espada y la pared, no era justo que mi entorno me obligara a decidir entre mi fé o mi esposo. Era una impotencia el no poder hacer nada, mas que lo que me correspondia y orar sin saber un futuro determinado. Cuando le comentaba a otras personas mis pesares, algunas me hacian sentir que era mi merecido. Que era lo que yo habia aspirado al no ser más fiel dentro del evangelio y que era nada mas que mi culpa sentir esta tristeza. Muchas veces pensé en el misionero que habia dejado ir, y mi nariz se arrugaba de solo pensar en él y no en mi amado esposo. Pero cuando las dificultades se hacian presentes e incluso dificultaba mi progreso en el evangelio como persona y como mujer; me enojaba y queria exigirle más a él de lo que podia darme.
Los sentimientos encontrados siempre me hacian tropezar, una y otra vez. Me activaba en la iglesia, me decían que con mi ejemplo el llegaría solo y estariamos juntos como familia, lo que yo siempre deseé. Iba a los servicios, a las actividades, salía con las hermanas y nada. Yo veía a mis hermanas de sociedad de socorro comentar en las clases como sus esposos habian bendecido sus vidas al poseer el sacerdocio y tenerlo a la mano todo el tiempo. Los esposos en la hora sacramental cargaban a sus bebés recién nacidos para que sus esposas estuvieran atentas con sus hijas.... mientras yo me encontraba sola, y sin mi bebé. Mi hijo y mi esposo estaban en casa viendo fut bol mientras yo me encontraba batallando y luchando por sacar a la familia adelante en el camino del Señor, con mi niña de la mano. Ella siempre reclamó que porqué no se podía quedar en casa viendo la televisión con su papá y en lugar de eso, debía ir a la iglesia conmigo. Eso siempre me dolió, me dolía en lo más profundo, porque pensaba que nunca llegaría a tener la familia que siempre quise tener conmigo en la iglesia.
Cuando me bautizé, lo hice sola. Cuando había actividades, iba sola. Cuando iba a los servicios, iba sola. Siempre la soledad... siempre. Las demás familias convivían, bailaban, disfrutaban todas las bendiciones y alegrías que conlleva estar juntos, mientras yo me veía trabajando sola.
Muchos misioneros pasaron por nuestra casa, hablándole del evangelio y él nunca quiso escuchar. No le importaba y nunca le importaría. Esto me hizo tropezar muchas veces... activarme en la iglesia, ponerme a trabajar y después.... Regresar a la casa con mi esposo para ver una película y salir al circo un domingo.
Y, cuando menos lo imaginas, vuelves al trabajo y el Señor es tu relevo. De pronto, te dice "Me quiero bautizar". Recibe la primer charla y fija como fecha de bautismo: 4 de Septiembre. ¿Cuando iba a imaginarme esto?
Para el Señor, no hay imposibles...

